El destino natural más icónico del Atlántico gallego

A veces, al llegar al muelle y ver la fila de mochilas, sombreros de ala ancha y prismáticos al cuello, uno entiende por qué un archipiélago puede poner de acuerdo a senderistas, fotógrafos y familias con nevera de playa. En esta historia, el telón de fondo es de granito, pinos retorcidos por el viento y un océano que sabe actuar; a los pocos minutos de navegación, la conversación inevitablemente deriva hacia las Cíes, y la expectación sube como la marea. Es el tipo de lugar que obliga a desempolvar palabras grandes —paraíso, joya, tesoro— mientras el ferry avanza entre gaviotas que no conocen el miedo escénico y pescadores que ni se inmutan.

Antes de desembarcar conviene saber algo crucial: no se llega por impulso, se llega con permiso. En temporada alta hay cupos diarios y una autorización previa obligatoria que se tramita en línea, después se compra el billete con las navieras que operan desde Vigo, Cangas o Baiona. Quien no se organiza, se queda en tierra mirando cómo otros marcan rumbo. A bordo, el trayecto dura lo justo para asomar la cámara, y si el Atlántico se anima, un chubasquero improvisado con bolsas de supermercado puede convertirse en la mejor tendencia de pasarela náutica. Al llegar al embarcadero, el reloj se vuelve relativo y la señal del móvil decide que también tiene derecho a unas vacaciones.

La primera caricia del lugar suele venir en forma de arena clara y agua con ese matiz turquesa que tantos filtros envidian. Hay playas que suenan a secreto bien guardado —Figueiras, de vocación naturista, es famosa por su silencio si el viento acompaña— y otras que presumen sin complejos de su fama internacional. Un periódico británico situó hace años un arenal local en lo más alto de su lista, y eso explica cierto peregrinaje curioso de acentos. Poco después, entre el bosque y las dunas, la laguna comunica con el mar y los niños descubren que el mejor acuario es el que no tiene paredes. Cada paso recuerda que aquí el paisaje manda, y que esas pasarelas de madera y las cuerdas que protegen la vegetación no son caprichos: son líneas rojas para que el lugar siga siendo lo que es.

Los que vienen por las vistas acaban quedándose por las caminatas. Los senderos están señalizados y suben, con paciencia de cabra, hacia faros y miradores donde el horizonte parece ensayar coreografías con las olas. En el Alto do Príncipe, la roca esculpida por el tiempo dibuja un balcón natural que pide pausa, mientras que el camino hacia el faro principal ofrece oportunidades constantes para mirar hacia abajo y entender que los acantilados también cuentan historias. Si el día está claro, el azul multiplica sus matices y los prismáticos tienen por fin el papel protagonista que prometían en el cajón. Conviene calzado con suela, respeto por el desnivel y memoria para las fotos mentales que no caben en ninguna tarjeta.

La fauna, como en todo escenario bien dirigido, se reserva giros inesperados. Es territorio de aves marinas, y no faltan cormoranes que se secan al sol como si posaran para un catálogo y gaviotas con carácter de vecina de escalera. A veces los visitantes se sienten tentados de compartir su bocadillo con ellas; es un mal negocio para todos. La normativa es clara y busca proteger el equilibrio del ecosistema: nada de alimentar animales, nada de abandonar residuos, nada de atajos sobre la vegetación, nada de arrancar plantas que se han tomado años en crecer. Si suena severo es porque lo es, pero también porque funciona: cada temporada, el lugar vuelve a abrirse con la misma promesa intacta.

No hay hoteles ni carreteras, y esa ausencia es una declaración de intenciones. Quien quiere dormir bajo las estrellas tiene un camping con cupo limitado, en plena naturaleza, donde aprender que el sonido de fondo ideal para conciliar el sueño es una mezcla de viento, mar y conversaciones bajas. Hay un par de servicios de restauración honestos, pensados para resolver una comida sin complicaciones entre chapuzón y sendero, pero lo que no va a encontrar es una calle de bares ni tiendas de recuerdos al por mayor. Traiga agua y protección solar, alguna prenda cálida incluso en agosto, y la certeza de que el Atlántico no entiende de modas en lo que respecta a la temperatura: refresca, y a cambio regala esa sensación tonificante que las cremas anticelulíticas sueñan con imitar.

La logística, bien entendida, multiplica el disfrute. Reservar con antelación, embarcar en el primer ferry del día para ganar horas de luz tranquila, elegir una sombra para el mediodía y dejar los fuegos para los relatos —están prohibidos— son estrategias simples que evitan disgustos. También ayuda asumir que aquí el tiempo corre distinto: los pies piden descalzarse, los ojos se entretienen con un cangrejo que se esconde y la siesta se vuelve un acto de resistencia frente a la agenda. Si se queda hasta la tarde, el sol declinando sobre el océano ofrece una clase magistral de luz dorada, y no hay filtro que pueda competir con la realidad cuando decide ponerse de acuerdo consigo misma.

Para los que persiguen el dato práctico, el calendario marca picos de afluencia en verano y fines de semana, con primaveras luminosas que invitan a caminar sin calor y otoños de cielos dramáticos que hacen las delicias de los fotógrafos. El viento manda; un día puede traer brisa amable y al siguiente una ráfaga que despeina a cualquiera, así que mejor pensar en capas y dejar las prisas en el continente. En esas jornadas de calma, el agua, aunque fresca, ofrece tramos de transparencia hipnótica, y el snorkel regala escenas discretas de peces que parecen ajenos a nuestras preocupaciones.

Quienes buscan una excusa para posponer la visita la encuentran siempre: que si el permiso, que si el oleaje, que si el ferry. Pero el viaje, con sus pequeños rituales, es parte del encanto. Subirse a bordo con el café de primera hora, ver alejarse la ría y acercarse ese perfil verde que emerge del azul, pisar el muelle con una mezcla de respeto y curiosidad, todo suma. Y al final del día, cuando la arena se desprende de los pies y la sal deja su firma en la piel, uno entiende sin grandes discursos que hay lugares que funcionan como un recordatorio de lo esencial: aire limpio, silencio relativo, mar en estado puro y la alegría tranquila de haber marcado en el calendario un día que valió la pena.