Entre dos mundos: La magia del trayecto en barco de Cíes a Vigo

Hay viajes que son un mero trámite para ir del punto A al punto B, y luego está el viaje en barco entre las Islas cíes Vigo. A menudo, cuando hablamos de este paraíso, nos centramos en la arena de Rodas o en las vistas desde el faro, pero hoy quiero reivindicar el trayecto en sí mismo. Porque esos 40 minutos de navegación no son solo transporte: son una terapia visual.

Mi experiencia comienza en el muelle de las islas. Son las ocho de la tarde y el sol empieza a bajar, tiñendo el cielo de tonos naranjas y violetas. Hay una mezcla de cansancio y felicidad en el ambiente. Todos llevamos la piel salada, el pelo revuelto por el viento y esa sensación de «buena fatiga» que te deja un día de caminatas y mar.

Zarpar: La despedida del guardián

Cuando los motores del catamarán rugen y empezamos a separarnos del muelle, se produce un silencio colectivo. Todos nos giramos hacia atrás. Ver las Cíes alejarse es ver cómo se cierra la puerta del paraíso. Desde el barco, la perspectiva cambia: te das cuenta de la majestuosidad de los acantilados y de cómo las islas actúan verdaderamente como un escudo natural, protegiendo a la ría de la fuerza del Océano Atlántico.

Navegando entre bateas

A medida que el barco gana velocidad y la brisa te golpea en la cara (consejo de amigo: lleva siempre una sudadera, incluso en agosto, porque en medio de la ría refresca), entramos en el corazón de la Ría de Vigo.

Lo que más me fascina de este trayecto es navegar entre las bateas. Vistas desde la costa parecen pequeñas plataformas, pero al pasar cerca de ellas en barco, aprecias su estructura, sus cuerdas colgando llenas de mejillón y el trabajo duro que representan. Son como fortalezas de madera flotando en un mar que, gracias a la protección de las islas que dejamos atrás, aquí se vuelve tranquilo como un plato.

El skyline de Vigo: Una ciudad que abraza el mar

A mitad de camino, la ciudad empieza a definirse en el horizonte. Y tengo que decirlo: Vigo vista desde el mar es imponente.

No es una ciudad plana; es una ciudad que trepa por la montaña. Desde la cubierta, puedes ver cómo las casas se apilan unas sobre otras, coronadas por el monte O Castro. Ves las grúas del puerto industrial, que lejos de afear el paisaje, le dan ese carácter trabajador y potente que tiene la ciudad. Y a la derecha, la silueta verde de la Península del Morrazo acompañándonos casi hasta el final.

El desembarco

Llegar a la Estación Marítima, con el edificio del Náutico y el centro comercial A Laxe recibiéndote, es volver a la realidad de golpe, pero de una forma amable. El barco maniobra despacio, el agua se vuelve más oscura y el bullicio de la ciudad sustituye al graznido de las gaviotas.

Al bajar la pasarela y pisar tierra firme en el centro de Vigo, siempre tengo la misma sensación: la de ser un privilegiado. He cruzado del caribe gallego a una ciudad moderna en menos de una hora. El viaje en barco no fue solo el final de la excursión, fue el broche de oro, un momento de transición perfecto para asimilar la belleza que acababa de vivir.