Un nuevo pulso para las paredes

La posesión de la casa familiar en Narón llegó para su nuevo heredero cargada de una nostalgia tangible. Cada estancia, desde la cocina con sus azulejos antiguos hasta el salón donde el tiempo parecía haberse detenido, era un archivo de recuerdos. Sin embargo, tras la primera oleada de emoción, la realidad de una vivienda anclada en el pasado comenzó a manifestarse, no en sus muros de piedra ni en sus suelos de madera, sino en algo mucho más invisible y peligroso: su instalación eléctrica.

Pronto se hizo evidente que el corazón que daba vida a la casa tenía un pulso débil y arrítmico. Los plomos, con sus fusibles de cerámica, saltaban ante la más mínima exigencia de un electrodoméstico moderno. Las luces parpadeaban con una cadencia fantasmal y la escasez de enchufes convertía el simple acto de cargar un teléfono en una operación logística. Aquel laberinto de cables forrados en tela, que durante décadas había cumplido su función, era ahora una reliquia insegura, una amenaza latente que incumplía cualquier normativa de seguridad vigente.

La decisión, aunque costosa y engorrosa, fue ineludible. La casa necesitaba una renovación completa de su sistema eléctrico para poder albergar una nueva generación de vida. El proceso comenzó con la búsqueda de un electricista para renovar instalación eléctrica en Narón, alguien que entendiera la delicadeza de trabajar en una estructura con historia. La obra transformó el silencioso santuario de recuerdos en una zona de trabajo llena de polvo y ruido. Abrir rozas en aquellas paredes que habían presenciado tantas vivencias se sintió casi como una profanación, un mal necesario para garantizar un futuro.

Una vez finalizada la instalación, el cambio fue profundo. Los interruptores y enchufes nuevos, de un blanco impoluto, contrastaban con la pátina del tiempo en el resto de la casa. Pero con la primera pulsación, una luz estable y brillante inundó cada rincón sin titubeos. El heredero comprendió entonces que su labor no había sido borrar el pasado, sino protegerlo. Había dotado a la vieja casa de Narón de un corazón nuevo y seguro, un sistema nervioso preparado para el siglo XXI, asegurando que entre aquellas paredes se pudieran seguir construyendo recuerdos, sin miedo a que la luz se apagara de repente.