El vínculo que une a las villas costeras de las Rías Baixas con sus archipiélagos exteriores trasciende la mera logística del transporte turístico contemporáneo para arraigarse en siglos de faena, parentesco y comercio de subsistencia. Entre todas las dársenas que dan acceso a la bocana de la ría de Pontevedra, la villa marinera de Bueu destaca como el auténtico epicentro vital y sentimental de la comunidad isleña de Ons, habiendo sido durante generaciones el puerto natural de aprovisionamiento, venta de capturas y comunicación con la península. Organizar la travesía hacia la isla de ons desde bueu representa, por tanto, la forma más auténtica de adentrarse en este espacio protegido del Parque Nacional Marítimo-Terrestre de las Islas Atlánticas de Galicia, reduciendo el tiempo de navegación en mar abierto y permitiendo al visitante sumergirse en una atmósfera portuaria donde la pesca artesanal de bajura sigue marcando el pulso cotidiano.
La posición geográfica estratégica del muelle buenense frente a la cara oriental del archipiélago convierte esta ruta en el itinerario marítimo más corto y protegido de cuantos operan en el sur de Galicia. Apenas unas cuatro millas náuticas separan la bocana del puerto del fondeadero insular de As Dornas y el muelle de Curro, lo que se traduce en un trayecto regular de unos treinta a cuarenta minutos a bordo de los catamaranes de pasaje. Esta proximidad no solo disminuye notablemente el riesgo de mareos en días en que el viento del norte o del suroeste riza las aguas de la ría, sino que optimiza las horas de estancia en tierra firme, facilitando que excursionistas, familias con niños pequeños y senderistas aprovechen al máximo las rutas señalizadas sin el desgaste de desplazamientos marítimos prolongados.
La operatividad del embarque en el puerto de Bueu destaca por una agilidad y cercanía que rara vez se encuentra en las grandes estaciones marítimas de las capitales urbanas. La disposición del muelle pesquero, recientemente adaptado para compaginar el tráfico de viajeros con la actividad profesional, permite acceder a las pasarelas de atraque con extrema comodidad, contando con áreas de estacionamiento público a escasos metros y una señalización clara que evita aglomeraciones desordenadas. A lo largo del cantil del puerto, el viajero puede observar los amarres de bajura donde descansan las tradicionales gamelas, dornas y naseros de madera que regresan de calar en los bajos rocosos, un paisaje de cabos, boyas y redes tendidas al sol que confirma la vigencia de un oficio transmitido con rigor de padres a hijos.
Antes de subir la rampa del catamarán y presentar la preceptiva autorización digital de acceso junto con el título de transporte, resulta casi obligado dedicar unos minutos a recorrer la primera línea de la fachada marítima local. Las tabernas y locales tradicionales alineados frente a la dársena ofrecen el marco idóneo para degustar un aperitivo típicamente marinero: desde una ración de pulpo recién guisado hasta empanadas de maíz con berberechos, parrochas fritas o calamares de la ría, acompañados por un vino blanco de la tierra servido en taza o copa fina. Este preámbulo gastronómico no es un simple capricho culinario, sino la antesala natural a la experiencia cultural que espera al otro lado de la ría, donde la cocina del marisco y la gastronomía del cefalópodo hunden sus raíces en las mismas familias marineras que faenaron históricamente en estas aguas.
La singladura transcurre costeando inicialmente las ensenadas de Agrelo y Portomaior para adentrarse paulatinamente en el canal que separa la península de O Morrazo de la barrera insular, ofreciendo vistas privilegiadas de los islotes de Onza y las escarpadas laderas cubiertas de matorral atlántico. Conforme la embarcación reduce su marcha para aproximarse al muelle de la isla, el sonido de los motores cede el protagonismo al graznido de las colonias de cormoranes y gaviotas patiamarillas que anidan en los cantiles, marcando la entrada en un territorio donde la naturaleza y el patrimonio etnográfico han sobrevivido intactos gracias al aislamiento geográfico y al respeto secular de sus pobladores.